Entre las historias de mili que me contaba mi padre hace siglos, una me gustaba más que las demás y me viene al pelo para explicar el título de esta entrada.Parece ser que estando de servicio militar allá por tiempos de Maricastaña, uno de los compañeros con los que mi padre compartía barracón (o lo que fuese) logró introducir en el cuartel una botella de coñac Napoleón, que al parecer es de lo mejorcito y para ellos, con diecinueve años y pardillos de mili, no digamos ya. Total, que el propietario de la botella decidió muy generosamente compartirla con los compañeros, y se repartieron vasos de plástico, tazas y cuencos para cogerse una buena moña. Pero uno de los compañeros rechazó el vaso de plástico. Los demás le preguntaron: - Qué te pasa, ¿es que no te gusta el coñac? A lo que el chico contestó: - Me encanta. Por eso no voy a bebérmelo así.
Esta misma filosofía la aplico yo a mi cada vez más escasa asistencia al cine. Creo que hay que mostrar un respeto hacia aquello que nos gusta y nos da un placer; el ritual lo es todo en muchas ocasiones. Los que me conocen saben que el cine es una de mis mayores aficiones; me gustan muchos géneros distintos, y además me encanta el ritual de ir en sí tanto como ver la película: la cola de la entrada, comentar antes de entrar lo que se va a ver, buscar asiento, los anuncios, los trailers, la cena o copa de después para comentar o destripar lo visto, todo. Hubo un tiempo en que no pasaba tres días seguidos sin ir. Pero de un tiempo a esta parte ir al cine se ha convertido para mí en sinónimo de pagar para sufrir. La gente hace tiempo que ha dejado de ser civilizada en esto, como en tantas otras cosas. Van al cine como quien se planta en el salón de su casa, comentando todo a grito pelado como si estuviesen solos en el mundo; te dan rítmicas pataditas en el asiento; comen auténticos banquetes de porquerías malolientes y ruidosas (en la última que fui a ver había un fulano comiendo nachos con queso, así como suena). Mi hermano dice que las palomitas son un producto diseñado a medida para estropearte la película: "hacen ruido, huelen, crujen en el suelo y si pudiesen lograrlo los fabricantes, brillarían en la oscuridad". Nadie respeta ya nada. Muchos padres insensatos llevan a niños pequeños a ver lo que en realidad les apetece ver a ellos (he visto cosas que no creeríais..., como un niño de seis años con su padre en Kill Bill). Si la peli les aburre, pues se saca el móvil y a jugar. Hace unos meses fui a una peli en la que un grupo de adolescentes se sacaban fotos con los móviles a intervalos regulares, porque la película les aburría y fuera hacía demasiado calor. El precio de la entrada es lo de menos. Algunos como yo hemos dejado de ir precisamente porque NOS GUSTA EL CINE y queremos recordarlo como era antes, una experiencia placentera a la que se iba a disfrutar. Ahora si quiero ver alguna prefiero esperar; ya habrá alguien que me la pase, me la compraré en dvd o la echarán en la tele, y la veré tranquila y silenciosamente en el salón de mi casa sin palomitas, gañanes ni niños. O eso, o aprovecho un viaje a un país que sí sea civilizado y voy al cine allí. He oído que en Madrid han abierto unas salas en las que el precio de la entrada era más alto que la media, pero en las que los asientos son más cómodos, el aforo es muy bajo y se prohíbe tajantemente comer o hablar. Cine para cinéfilos, vaya. Pero los que tenemos como única opción un multicine supermoderno lo tenemos claro.
Tengo debilidad por los Proclaimers y en especial por esta canción. Leith, el barrio de droga y depresión donde transcurre Trainspotting, es ahora la zona chic de Edimburgo porque ha sido reformada y sus almacenes reconvertidos en lofts. El barrio ha mejorado, pero la canción tiene un poco menos de sentido, porque hace referencia a un hecho excepcional, el sol brillando en un país de cielos grises sobre un barrio triste. Un sol que ilumina lofts de arquitectos forrados no es tan emotivo.
My heart was broken, my heart was broken Sorrow sorrow sorrow sorrow My heart was broken, my heart was broken
You saw it, you claimed it You touched it, you saved it
My tears are drying, my tears are drying Thankyou thankyou thankyou thankyou My tears are drying, my tears are drying
Your beauty and kindness Made tears clear my blindness While Im worth my room on this earth I will be with you While the chief, puts sunshine on leith Ill thank him for his work And your birth and my birth. En septiembre, Edimburgo.
En el primer cuatrimestre de este año, me he dedicado sobre todo a leer los libros de Reyes, releer algún otro y comprar continuaciones de otros que me habían gustado. Así que a día 30 de abril, he leído los siguientes:
Lo que me interesa no se me olvida nunca. En la escritura de estos textos estoy tratando de no emplear para nada mi imaginación. Cuando escribo no hago sino recordar. He ganado una gran fama de ser inventor de fábulas, cuando en realidad no he inventado nada. Al escribir mis memorias me doy cuenta de que estoy escribiendo un hecho vivido: el de mis novelas, y me doy cuenta también de que he vivido tres vidas: la vida pública, la vida privada y la vida secreta. La buena para escribir es la secreta.
Gabriel García Márquez
Alguien que conozco cita a menudo la frase de García Márquez sobre la vida pública, privada y secreta; según el escritor, todo hombre tiene derecho a una vida de cada. En realidad, todos tenemos las tres, aunque algunas personas se empeñan en que su vida privada y su vida secreta sean públicas, y otras son tan herméticas que convierten en secretas la privada y la pública; los hay que disfrazan de privada la que debería ser secreta y otros fingen tener vida secreta pero no pueden evitar contar, con lo que deja de serlo.
(por cierto, de lo privado y lo secreto trata la trilogía de Tu Rostro Mañana, de Javier Marías, que suele escribir sobre este tema en sus artículos como tema recurrente)
La primera vez que la oí pensé que la frase se usaría seguramente para justificar actos de puro egoísmo, o excusar el omitir algo que debería ser contado; pero con los años no sólo la entiendo a la perfección sino que la suscribo totalmente. Más ahora, que se oyen tanto las frases "tenemos derecho a saber...", "si no tienes nada que ocultar no te preocupará contarnos.." o "no debería contarte esto pero..." Por supuesto que García Márquez tenía razón, aunque al paso que vamos dejará de tenerla porque mucha gente ya no entiende que hay que tener secretos, que no tiene nada de malo guardarse algo de vez en cuando, tanto si es un secreto feliz como si es un secreto terrible. Hay hasta programas de la tele basados en máquinas de la verdad, y ahora llega el colmo, un concurso en el que la gente se apunta a que le pregunten todo tipo de cosas, y ganan si dicen la verdad; pero claro, los avispados productores ya se encargarán de preguntar cosas que no se esperan: evidentemente al público no le interesa si es cierto que a Pepita le gusta el color azul más que el verde, sino si quiere acostarse con su cuñado, o si odia en secreto a todas las demás chicas de su trabajo (al que tendrá que volver al día siguiente).
Decía que la vida que servía para escribir era la secreta, pero claro, en su caso la vida secreta era interesante... a diferencia de tantas otras, que quizá deberían limitarse a las vidas pública y privada.
Conocí al Proyeccionista cuando yo estaba aún en el instituto. Había ido con mi amiga Eva a esperar a otra amiga común, que estaba viendo una película con su novio y luego iría con nosotras a tomar algo. Estábamos las dos esperando en la zona de entrada cuando se nos acercó él, delgadísimo y pálido como correspondía a su profesión. Tras los clásicos inicios de conversación, quedó claro que su intención principal era tirarle los tejos a mi amiga, cosa que no logró; pero como no debía tener mucho más que hacer -porque en contra de los romanticismos que le ha dado el cine a este trabajo, los proyeccionistas se aburren muchísimo-, acabó hablando de cine conmigo porque Eva pasaba mucho del tema y de él. En cambio nosotros nos caímos bien y no sé cómo, acabamos siendo amigos, aunque sólo de cine y por el cine, ya que nunca supe mucho más de su vida... aunque se puede saber muchísimo de una persona sólo con conocer sus gustos cinematográficos, como he aprendido con los años.
En fin, gracias a su amistad y a su profesión, me regaló lo que era un sueño para una cría como yo: un pase invisible para todas las películas que se proyectaban ese año en las salas, lo cual nunca le agradeceré lo suficiente. Es posiblemente uno de los mejores regalos que me han hecho en mi vida, porque no era sólo el ahorrarme unas entradas que nunca hubiese podido pagar: eran horas y horas de evasión de la triste realidad, era la compañía de personajes cuando no quería la compañía de nadie real, era tener la sensación de tener un acceso más allá de la sala de cine y por lo tanto de ser una privilegiada frente a los demás espectadores: ver cómo funcionaban las máquinas, las latas gigantescas, el almacén lleno de displays y pósters de tamaño fachada; que los acomodadores te traten de tú y te comenten las películas; el meterte en una sala a las cuatro de la tarde y estar totalmente sola, con concentración absoluta y ni un ruido aparte del de la película, como si estuviese en mi propia sala de proyección.
Pasados unos meses, me cambiaron el horario en el instituto, cerraron la sala para una reforma interminable, cambiaron a los acomodadores a otras salas, él desapareció y yo empecé a ir al cine con más gente, y a tener trabajos con los que pagarme la entrada; fui olvidando aquellos días, renegando de muchas de aquellas películas, y comentando sólo puntualmente la anécdota de que una vez tuve entrada libre al cine gracias a un amigo del que había perdido el rastro de la forma más tonta.
Muchos años más tarde me lo volví a encontrar, o más bien me reconoció él a mí -porque yo no tengo memoria para las caras, y en este caso habían pasado además más de quince años-. Trabajaba en la entrada en un organismo oficial, y había cambiado los vaqueros y los suéters raídos de friki del cine por un uniforme de segurita, aburrido y bien planchado. Pálido y amable como siempre, pero ya con aspecto de personaje tópico de cine, el extra que hace de representante de la ley en la puerta del banco que van a atracar los protagonistas de la película; había pasado de ser el que iba a escribir, dirigir, formar parte de su pasión a tener el trabajo más plano del mundo, y sólo con verle entendí que para él todo aquello era no ya remoto, sino que se trataba de otra persona diferente, y me di cuenta de que yo también. Me dio una tristeza terrible y quizá para disimular acabé sacando los tópicos habituales en estos casos. No sé qué pensaría él, pero a mí me afectó mucho porque durante años había olvidado esa época, en que sin embargo el simple hecho de conocerle (aunque muy poco) fue tan importante para mí.
Cuando por trabajo paso por su mostrador cada tantos meses y lo vuelvo a ver, nunca hablamos de aquella época en la que él era mi amigo, el que iba a escribir películas, y yo la dibujante que iba a hacer sus storyboards.
"¿Puedo canjear mi premio por una patada en los riñones, por favor?"
El Azote del Norte demuestra su ubicuidad cada vez que puede. Está en todos los municipios, islas y cadenas locales en simultáneo, y empiezo a pensar que es como en el libro de El Tercer Gemelo: hay varios como él clonados genéticamente y dispersos por el mundo; si no, no se explica que vaya donde vaya, ahí esté él sonriendo, firmando o cantando, con su figura achaparradilla y su ropa tan apretá (debe comprar en el mismo sitio que Irenea Niebla). Además, está claro que tiene un cierto componente divino, porque aunque hasta hace un par de años pocos habíamos oído hablar de él, ha sido surgir en los medios y convencernos de que lleva con nosotros toda la vida. Señores, Pepe Benavente.
-Hola, llamo porque usted ha solicitado una visita comercial. ¿cuándo le viene bien? -Pues mira, somos el Supermercado "***** 24 horas" y estamos en tal sitio. -¿Y a qué hora le viene mejor que pase por allí? -Pues abrimos de 9 a 5.